Por cierto, la gran mayoría del trabajo saldrá de mis conocimientos unidos al dudoso pero rápido respaldo de la Wikipedia, si bien cada vez que algo no me cuadre recurriré a otras fuentes. No pretendo hacer una tesis, sino entreteneros, mostraros la composición de nuestro glorioso escudo y la cantidad de historia que en él se refleja.
¡Empezamos con ello!
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El escudo de España regido por la ley del 81 no fue creado de la nada. Tampoco el franquista, y menos aún el republicano. Todos aquellos, y muchos más, son la parte más reciente de nuestra historia vexicológica. Pero no sólo quiero hablar del escudo como unidad: vengo aquí para mostraros el significado de cada uno de los cuarteles, de cada una de las señales y detalles que hacen que sea así y así haya sido desde antiguo.
ESCUSÓN
Comencemos, por favor, por el escusón, que es aquel escudo (en los escudos actuales aparece ovalado) que aparece en el centro y “tapa” en parte a los otros cuatro, como mostrándose superior o principal. Es una buena forma de presentarlo, ya que se trata de las armas de la Casa de Borbón en España.
Aquellas flores de lis de fondo azulado y bordeados de rojo son el blasón del antiguo ducado de Anjou, situado como podemos ver en esta mapilla en pleno centro de Francia.
Y es que nuestra casa real es la de Bourbon-Anjou, de Francia. Fue Felipe V (nieto del Rey Sol Luis XIV de Francia) aquel que, en el año 1700, atravesaba la frontera pirenaica tras la muerte de nuestro rey Carlos II, haciendo valer sus derechos al trono contra el Archiduque Carlos de Austria. Fue por su victoria y por la firma del tratado de Utrecht por lo que los Borbones llegaron a España. Y llegaron para quedarse: han reinado de 1700 a 1808, de 1814 a 1868, de 1878 a 1931 y de 1975 a la actualidad. Ellos trajeron nuevas ideas: acabaron con los diversos reinos e impusieron el centralismo francés, organizaron el reino, sanearon la banca y fue de su mano que surgieron los primeros ilustrados españoles. Luego, como toda casa real, se fueron pudriendo: Carlos IV y Fernando VII dieron al traste con la España que venía gestándose con el sudor de sus antecesores. No obstante, los borbones siempre vuelven, y a veces traen consigo una paz tan anhelada como lejana al pueblo español. Pero ese es otro tema: sigamos con el escudo.
El escusón del que hablamos nos muestra tres flores de lis amarillas sobre un fondo azul, en “campo de flores” (osease, hay varias y bien distribuídas). Desde el medievo el campo de flores de lis es considerado un símbolo de la realeza francesa. Su primer uso parece haberse dado con la Iglesia, en el siglo V, apareciendo en la portada de la Vulgata de San Jerónimo de Estridón. De esto hace un porrón de siglos: más cercano es su encuentro legendario con la realeza francesa, la leyenda de la Sagrada Ampolla.
La Ampolla Sagrada o Sagrada Ampolla era una especie de redomita o vaso en que estaba encerrado el óleo santo que servía para consagrar a los reyes de Francia. La leyenda nos remonta a la Galia de finales del siglo V, cuando Clodoveo, rey de los francos, es bautizado a la religión católica, al cristianismo de la población y no de las élites. Cuenta la leyenda que, en aquella catedral de Reims donde el monarca era bautizado, descendió una paloma portando la Sagrada Ampolla, trayendo además un ramillete de lirios (esto es, de flores de lis). Se mostraba así la legitimación divina de la monarquía, y también se unían monarquía y flor de lis.
PRIMER CUARTEL
El Primer cuartel, aquel situado arriba a la izquierda, muestra las armas del antiguo y poderoso Reino de Castilla: aquel reino tan denostado en la actualidad, como si de él fuera la culpa de todo lo malo que ha acontecido en la historia de España. Aquel reino “imperialista”, que dio en el medievo a los hijos más libres de toda la península, aquel que en soledad fue azote y terror de todos sus enemigos, aquel que salió de sus agrestes tierras y se expandió como bien pudo. Aquel que, años después, se convirtió en cabeza de un Imperio y que, justo por ello, no sólo no recibió las muy merecidas riquezas de la periferia, sino que fue expoliado y agotado hasta convertirse en las secas y despobladas provincias de la actualidad. Castilla, en cierto sentido, sí que merece ser reconocida como portadora de la “gloria de España”: en último sacrificio, sobre ella recaen en última instancia todas las leyendas negras del país.Hubo un tiempo en que esto no fue así: remontémonos a aquellos años gloriosos, aquellos en los que un joven reino de campesinos libres y condes jóvenes y activos comenzaba a despuntar en la antigua Hispania.
El escudo castellano se remonta aproximadamente al año 1175. Años de reconquista, en los que el poder de la península cristiana lo había llevado hasta entonces el reino leonés, declarado sucesor del reino visigodo de Toledo. Durante siglos, los leoneses habían llevado la voz cantante en la guerra contra el moro; ahora, aquel reino se corroía por una nobleza poderosa y aletargada, que veía pasar el tiempo con indiferencia mientras Castilla se organizaba para la cruzada eterna hacia el sur, para la Reconquista contra el enemigo almorávide. Castilla quiere ser protagonista, y lo va a conseguir. Es necesaria la elaboración de un emblema distintivo, de una enseña clara e incluso patriótica que diferencie este reino de los demás.
El escudo que aparece en torno al año 1175, época de los primeros símbolos heráldicos, es el de un castillo muy diferente al de otros emblemas europeos o incluso de los reinos pirenaicos, por lo que seguramente el castillo se trataba de un diseño autóctono y no de un “copia-pega” de otros estandartes. Alfonso VIII adopta en el año 1165 un “signum regis” o sello regio con forma de rueda. No se usa por entonces la figura del castillo, sino la de una cruz: será en 1176 cuando aparezca una impronta de un sello real bien diferente. El documento se encuentra actualmente custodiado en la Catedral de Toledo. En la impronta, un castillo: el de Castilla.

La matriz de la impronta no puede ser anterior a 1171, y es muy posible que la figura del castillo se adoptara en el año 1169 con la mayoría de edad (14 años) de Alfonso VIII. Se trata además de un emblema parlante, no simbólico, que alude a la denominación del reino, seguramente como forma de afirmarse frente al Reino de León.
En cuanto al característico color del escudo, se sabe del uso de la fórmula “oro sobre gules” al menos desde Fernando III, unas décadas después de la aparición del escudo sin color. Pudo deberse el color a la esposa de Alfonso VIII, Leonor Platagenet, que usaba las armas reales inglesas. ¿Y qué color llevaban dichas armas? Observad y juzgad:

La utilidad del oro sobre gules es la de identificarse con facilidad a distancia: frente a un estandarte blanco o azul recortado contra el cielo, oro y rojo destacan desde la distancia. La boda de Alfonso y Leonor se produjo entre 1170 y 1176, antes de la primera aparición del emblema castellano. Es muy probable, por tanto, que color y escudo nacieran ya unidos desde el principio. El tercer color (azur, para la puerta y las ventanas) debió darse por contraste con los otros colores o por ser el tercer color más usado por entonces.
Hablaré ahora de la relación directa que encontramos entre el nombre del reino de Castilla y el estandarte elegido. Como ya expliqué, el escudo se trata de un emblema parlante, y no simbólico: el castillo habla de Castilla. Pero ¿de dónde proviene esta denominación?
Castilla proviene del castellano antiguo “Castella” o “Castiella”, que significa “castillos”, aludiendo a las fortificaciones de la Reconquista. Los árabes la llamaban además al-Qila, “tierra sembrada de castillos”, derivando del latín “castelum”, proveniente del “castrum” o fortificación defensiva. Todo gira alrededor de los castillos, parece ser.
Y es que Castilla nace en una tierra sembrada de castillos. La primera vez que aparece es en el monasterio de Emeterio de Taranco de Mena, recién comenzado el siglo IX. Nace en un territorio agreste y fronterizo, aquel que muchos historiadores identifican con Bardulia en épocas anteriores. Esta denominación alude a los várdulos, un pueblo de origen prerrománico habitante en época romana de la costa oriental cantábrica, más o menos por Guipúzcoa. A raíz de una posible expansión vascona hacia la actual Euskadi en los siglos VI-VIII, los várdulos migraron al norte de la provincia de Burgos, a una tierra que en cuestión de décadas se vería nominalmente ocupada por los musulmanes. Pero si por un lado discurre la teoría, en la práctica la situación era muy distinta, y las regiones septentrionales de la península no tardaron en dar a luz a núcleos de resistencia cristiana, que irían cristalizándose gracias al desinterés de los moros y a sus guerras internas. Aquella Bardulia fronteriza no tardaría en convertirse en un punto estratégico y fortificado, pues tanto moros como cristianos acostumbraban a batallar por aquellos lares. Los cristianos no tardaron en sembrar el campo con castillos: así nace Castilla, que poco a poco iría distanciándose del reino leonés.
El resto es historia: con la muerte de Sancho III de Navarra, la gran Navarra da lugar a los reinos de Navarra, Aragón y Castilla. Este tercer reino comenzará pronto su expansión, llegando a participar en la Reconquista en calidad de protagonista. Serán años del grito de “Santiago y cierra, España”, de la batalla de las Navas y del pendón castellano junto a los demás pendones cristianos cargando contra una cultura islámica que poco a poco fue obligada a retirarse hacia el sur. En 1492, en el pendón de los Reyes Católicos, el castillo castellano se descubre en la ciudad de Granada. Aún ahora, aparece en nuestro escudo.

La Corona de Castilla en el año 1400, formada por varios reinos unidos en una sola corona.
Antes de comenzar la descripción del escudo leonés, quisiera hacer una breve aclaración. Si bien el “cierra, España” fue tergiversado en tiempos relativamente modernos para referirse a la cerrazón mental del país, no es este su significado original. En castellano antiguo era el equivalente a “carga”, de las militares. El significado de la expresión anterior sería algo así como “Yo te invoco, Santiago (el matamoros), y que se prepare el enemigo que carga España entera”.
SEGUNDO CUARTEL
Llega el momento de enfocar nuestra visión en otro tiempo y épocas. Si bien Castilla nació como una planta alimentada del estiércol que fue dejando la descomposición del poderío leonés, fue este reino el que se alzó primero y con la suerte más adversa. Hubo un tiempo en el que el estandarte del león era el único que inspiraba seguridad a las gentes cristianas al norte del Duero. Retrocedamos a aquella época.
La efigie del león como símbolo de la ciudad de León aparece en las monedas acuñadas por Alfonso VII el Emperador (1126-1157), desplazando la cruz, que era el símbolo usado anteriormente por los reyes leoneses. El signo se hará omnipresente durante los reinados de Fernando II de León (1157-1188) y Alfonso IX de León (1188-1230). La primera referencia escrita del león como símbolo personal del rey (y por ende del reino) es de la “Chronica Adefonsi Imperatoris”, coetánea de Alfonso VII. En la crónica se lee:
"(...)la florida caballería de la ciudad de León, portando los estandartes, irrumpe como un león (...). Como el león supera a los demás animales en reputación, así ésta supera ampliamente a todas las ciudades en honor. Sus distintivos, que protegen contra todos los males, están en los estandartes y en las armas del emperador; se cubren de oro cuantas veces se llevan al combate" (traducción de Maurilio Pérez González).
El león es probablemente el símbolo más antiguo existente en un reino de Europa, algo anterior al castillo castellano, a los tres leones daneses (1190) y a las flores de lis francesas si atendemos a la documentación.
En origen, el león no era rampante sino pasante: comienza a ser rampante en los escudos de Fernando II y Alfonso IX en sus respectivas representaciones del tumbo A de la Catedral de Santiago, debido a todas luces al “horror vacui” medieval, que es en Historia del Arte el término que describe la necesidad de rellenar todo el espacio vacío de una obra de arte. Como un león pasante no encaja en el escudo y deja un hueco enorme encima, lo hacen rampante. Problema solucionado, a la española. O leonesa.
En ese tumbo A ya aparecen los leones morados o púrpuras, y en el caso de Alfonso IX podría decirse que aparece enmarcado en una bandera de fondo blanco y con una orla de morado claro. La posición rampante acabará sustituyendo definitivamente a la pasante, legándonos esta postura a la actualidad. Como detalle a comentar, la corona sobre la cabeza de león no aparece hasta los tiempos del rey Sancho IV (1284-1295).
Es bajo esta primitiva enseña, la de un león pasante púrpura que ocupada la mayor parte del campo de la bandera blanca bordeada en morado claro, que combatieron gallegos, leoneses, asturianos, extremeños... gente de toda clase y condición de las tierras del norte, y más que combatirían con la pervivencia de esta enseña histórica hasta la actualidad.

Pero ¿Qué pinta un león en una enseña peninsular? En la Hispania o España medieval los leones eran una realidad muy lejana: seres exóticos de reinos muy meridionales. El nombre de “León” en la ciudad y el reino peninsulares trae una curiosa historia, que se remonta a la época latina.
la ciudad de León tiene sus orígenes en el año 29 a.C cuando, en el marco de las guerras cántabras entre las legiones romanas y las últimas tribus ibéricas libres, se crea un campamento romano o “castra” para guarnecer dentro a la Legio VI Victrix. Como es natural, no tardaron en desarrollarse en torno al campamento una serie de negocios, y como el asentaimiento se hizo permanente creció junto a él un núcleo civil o “cannaba”, con todos los negocios que cubrían las necesidades de la soldadesca. Como muchos de los efectivos militares terminaban formando allí mismo una familia, el núcleo civil creció poco a poco, dando lugar a la ciudad de Legio (de la Legio VI Victrix).
Ahora llega la toponimia, que con el paso del tiempo deforma el nombre: en el latín clásico la “gi” de Legio se pronuncia como “gui”, derivando en “Leio” o “Leionem” (la consonante oclusiva sonora “g” se debilita y desaparece). En vez de terminar en “Legión”, el nombre de la ciudad siguió una evolución más completa, dando lugar en el medievo León.
La ciudad de León sería a todas luces despoblada en los períodos iniciales de la Reconquista, pero con el asentamiento de población cristiana venida del norte la ciudad recuperó su posición y acabó erigiéndose en capital del reino cristiano del noroeste occidental durante en el año 910. El poder de aquel reino fue temible, y su lucha contra los enemigos de Dios fue ejemplar a ojos de la Europa cristiana: mientras que en Francia y Alemania la nobleza luchaba por sus derechos en guerras internas, la lucha del reino astur-leonés tuvo siempre un cariz de cruzada, aún antes de que se pensara en liberar Jerusalén. Los propios leoneses se veían como sucesores del reino visigodo, que era necesario reconquistar a los moros, liberando así a Hispania de los infieles.
Sería la rancia nobleza leonesa la que traería al reino a la decadencia. Frente al auge de la joven y villana Castilla, León se fue quedando atrás en la aventura de la reconquista. Territorialmente, el territorio leonés quedó arrinconado entre las jóvenes Castilla y Portugal, de una manera parecida a la de Navarra. Económicamente, León ya no podía declarase protagonista. Castilla y León se unieron definitivamente en el año 1230. A partir de entonces, y dentro de la corona castellana, sus destinos fueron muy parejos. Con los decretos de Nueva Plante de Felipe V (1715), las estructuras del reino leonés se sometieron a los designios centralistas borbónicos en parte, pero es en 1833 cuando se produce la desaparición formal del reino a través de la división provincial del país. Se funde así la historia más reciente de León con la del resto de provincias, con la del resto del país. Pero deja atrás un pasado glorioso, en el que no escasearon ni las gestas ni los reinados prósperos.
Pongo aquí fin a la primera parte de mi redacción. Espero que les haya gustado. Ahora tenéis un descanso para mear e ir a por pipas. ¡Un saludo!

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