¡Saludos!
Acabo de meterme en esto del blog de la mano de un amigo que fue metiendome la mosca. Yo que pensaba que era cosa de un minuto, como promete la página principal... y dos horas que he estado dándole al tarro para acabar escribiendo estas líneas.
Y no, no es por hacerse una cuenta gmail ni por configurar la página, sino por el asunto del nombre: la forma que tiene internet de humillarte hasta lo indecible y de demostrarte que el mundo está lleno de filiputienses como tú, ávidos de hacerse una cuenta con un nombre original, gracioso y que le llene cada día el buzón de comentarios amistosos.
Escucha, persona del mundo... no quedan esos nombres. Simplemente, han desaparecido, todos están cogidos por otras personas. El que vaya de sobrado a escribir un blog ya puede despedirse: tanto Dios como Satanás tienen su cuenta, amén de toda persona, animal o cosa del imaginario colectivo. Si te llamas Ramón y esperas entrar llamándote Ramón, es que no conoces la fría crueldad del mundillo, pues como no te pongas "ramoncineldelacallenuria" no te deja pasar ni Dios (que además de tener blog controla el asunto y te echa para atrás). Y espérate que "ramoncineldelacallenuria" no esté cogido...
Al final, a la gente normal que empieza en esto, sólo le quedan dos opciones: o degradarse o partirse la crisma a sacar algo original, pero original de c****es, que aquí no se entra de "nometoqueselpitoquemeirrito", no. Ése ya está cogido. Seguro que sí.
Degradarse significa archivarse, encasillarse, ponerse en la oreja un número (como ganado, y aquí dejo mi ofrenda a la metáfora original y positiva) y llamarse ramón84 o "morenika-_2p1.09". No es lo que yo elegiría. Y de ahí que haya estado dos horas mirando al techo, en busca de inspiración angelical.
Llegó un momento en el que creía haber llegado a donde llegan todos los prohombres de la historia más reciente, es decir, cuando se acabaron los nombres (véase el virreinato de "Nueva España"): la misteriosa unión de unas palabras que daban algo gracioso. Y es entonces que veo mi bote de colonia (uno solo y hace ya años que llevo usándolo) que pone "Fresco", un bote de cola blanca al lado que pone "cola" y no se que más (nota al listo: luego no pone "blanca") y arriba un libro con la palabra "samurai". FRESQUICOLA SAMURAI, concluyo victorioso, eufórico, babeante y esquizofrénico perdido. Mi amigo tuvo que recordarme que fresquicola samurai es, seamos francos, una soberana tontería.
¿Cómo llegué a "filiputiense"? Pues harto de todo. Escribí de todo hasta llegar al españolísimo "hijoputa", "joputa", "hideputa" y "filiputa". Y ahí que quedo, y pienso. Buena idea: Filiputiense, por qué no... Y fue cosa de dos arreglillos para el título y lo demás, y aquí me veis. Esperando el novel de literatura por mi ensayo: "Dos horas filiputienses"... aplauso escrotal.
El que casi todos los nombres habidos y por haber estén cogidos te hace consciente de la inmensidad de internet y de todas las redes sociales que engloba. Asimismo, nos da una lección de humildad, pues somos un pequeño punto en el gran mundo de la red. Aparte de confraternizarnos con Andorra, esto puede ayudarnos a ser humildes, pero no debemos dejar que se apage nuestra diminuta llama de originalidad y autocrítica. Porque en el mar de usuarios y entre las oleadas de opinión, surcando con rumbo diverso los paralelos mediáticos y los meridianos sociales, un granito de arena filiputiense lucha por mantenerse a flote, con el único objetivo de meterse en el ojo de cualquiera que se lo merezca.
lunes, 8 de febrero de 2010
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